And I am nothing of a builder

But here I dream I was an architect

And I built this balustrade

To keep you home, to keep you safe

From the outside world

But the angles and the corners

Even though my work is unparalleled

They never seemed to meet

This structure fell about our feet

And we were free to go

Here I Dreamt I Was an Architect

The Decemberists

El Triunfo

“Los empresarios no necesitan entender mejor a los diseñadores. Necesitan ser diseñadores.”

-Roger Martin

Durante los últimos veinte años, en paralelo a la profunda transformación provocada por la irrupción de la tecnología digital en nuestras vidas, el diseño ha ido ocupando nuevos territorios, redefiniendo su papel y aumentando considerablemente su impacto en el desarrollo de los nuevos paradigmas sociales y económicos.

El diseño desbordó su espacio natural, tradicionalmente asociado a las industrias creativas, del diseño gráfico a la moda, para integrarse dentro de los entornos de innovación, de tecnología y de negocio.

El diseño se elevó de categoría a idea, de ser percibido como un conjunto de disciplinas creativas y técnicas a convertirse en una intencionalidad difusa y permeante, un acento cualitativo sobre la totalidad de la estructura productiva, unos principios y una manera de hacer orientados, entre otras cosas, a aumentar las capacidades funcionales, diferenciales y competitivas de las empresas de la nueva economía.

En el diseño está la clave del éxito de las grandes plataformas que monopolizan nuestra atención y nuestras relaciones. Estas plataformas digitales que dominan el mundo dependen de la adopción de nuevos hábitos de consumo por parte de sus usuarios. Comportamientos que se moldean a través de interfaces que cautivan y convierten al consumidor pasivo en agente productor de valor, alimentando así un círculo virtuoso que parece proyectarse hasta el infinito. El concebir y hacer posible este proceso circular de seducción, consumo y capacitación es el motor de la economía digital y una de las grandes especialidades del diseño contemporáneo.

La cultura de Silicon Valley entendió perfectamente el poder del diseño para domesticar lo intangible, capturando todo el espectro del consumo digital, adoptando los procesos de diseño como manera de escalar la creatividad y aplicarla a las demandas de un sistema cuya supervivencia depende de su capacidad de explorar y de colonizar sin descanso nuevos espacios vírgenes para el mercado.

Quizás podamos afirmar que el diseño ha triunfado, que se enseña en las escuelas de negocios como parte de sus MBA, que ocupa espacios en los medios, en la cabeza de los ejecutivos y los emprendedores, en los amplios asientos de los comités de dirección. Que las grandes empresas que definen el presente y dibujan el futuro se construyen ya desde el diseño. O podemos pensar también que el diseño es, desde su voluntaria y ciega inocencia, una de las grandes herramientas de dominio con la que cuenta nuestra inevitable realidad tecnocapitalista y el más sofisticado e inconsciente acelerador de sus consecuencias.

Las nuevas certezas

“La ideología predominante actual no es una visión positiva de algún futuro utópico, sino una cínica resignación, una aceptación de cómo es «el mundo en realidad.”

Slavoj Žižek

El consenso dice que las características definitorias de la realidad contemporánea son su volatilidad, su complejidad creciente, su ambigüedad y, sobre todo, su incertidumbre.

Pero esa incertidumbre, quizás la variable que mejor resume el estado de las cosas, no es más que una consciente y poderosa fuente de poder posmoderno. La incertidumbre es un instrumento que nos incapacita para poder dar respuestas, una herramienta de desarticulación social y del individuo. Ante la incertidumbre no existen posiciones ni visiones, en la niebla de la incertidumbre tan solo podemos dar pequeños pasos vagos e inseguros con la dirección definida únicamente por la ansiedad y el miedo constante a perder el equilibrio. Y sin respuestas no existe capacidad de acción. Ni de imaginación.

Estamos en un momento definido por el principio realista de que imaginar el fin del mundo es más sencillo que imaginar el fin del capitalismo. El sistema se esconde tras la confusión de la incertidumbre para eludir y desviar hacia nosotros sus responsabilidades y reducir de paso la posibilidad de imaginar un futuro más allá de los límites que marca su propio faro ideológico. Pero al final, detrás de esta conformidad construida sobre esta nada incierta, que inunda el espacio de lo real en forma de posverdad, lo sólido termina siempre por aparecer en forma de claras, tangibles y crueles certezas.

Es cierto que estamos siendo testigos de una pérdida acelerada de la biodiversidad en paralelo a los cambios en el clima planetario debidos a la acción humana. También es cierto que las disfunciones sistémicas de este hipercapitalismo tardío aparecen en forma de alienación de grandes capas de la sociedad. Una realidad provocada por unas reglas de juego que llevan consigo la desigualdad, la precarización y la inseguridad individual, social y cultural no como externalidad, sino como dispositivo fundamental de su éxito. Una dinámica que parece llevar irremediablemente hacia esta deriva populista y autoritaria que está tomando posiciones en todo el mundo. Libertad económica y social ya no van de la mano y el envejecido mito del matrimonio entre capitalismo y democracia se desvanece en cada punto de crecimiento de la economía china y en cada tuit de Donald Trump.

La promesa liberadora y democratizadora que surgió del sueño alucinógeno de la California de los setenta en forma de tecnología digital ha derivado en su oscuro espejo distópico. La automatización, que podría también liberar el tiempo y las manos, se ha convertido en una carrera por la eficiencia competitiva donde la máquina, como en una vieja lucha a muerte entre gladiadores, se enfrenta directamente a nosotros bajo la entretenida mirada de las élites corporativas. Y la red global, una vez imaginada como un puente abierto y democrático para el conocimiento, se ha transfigurado en red, entendiendo red en su acepción peyorativa de trampa para incautos.

La economía de la vigilancia aparece ahora como el modelo de negocio natural de internet, poblado por dobles digitales que nacen de nuestros datos y que sirven ahora de zombi-molde predictivo sobre el que se crean nuestros deseos y se deciden nuestros comportamientos al margen incluso de nosotros mismos.

Cierta es la muerte de la verdad por saturación, la banalización de los hechos frente a la creencia y la opinión. El deepfake como retrato de esta era de la incertidumbre artificial y estafadora. Como cierto es el aumento de la ansiedad como epidemia global, como mal asociado directamente a la precarización vital y a la rápida absorción del sentido por los mecanismos del mercado. Y es cierto que los grandes avances en educación, reducción de la pobreza o mejora global de la salud no pueden servir de parapeto conformista para evitar tomar conciencia de los graves riesgos sistémicos ocultos tras el distorsionador velo de la incertidumbre.

La historia no ha acabado. Hoy, como siempre, hay terreno sólido donde asentar nuestros principios, un terreno sembrado de certezas que nos ha de permitir recuperar la imaginación como herramienta para romper el invisible marco de lo incierto y volver a utilizar el diseño como vehículo hacia la materialización de nuevos posibles.

El diseño en lo incierto

“Una de las tareas fundamentales del diseño es ayudar a las personas a lidiar con el cambio.”

Paola Antonelli

Mientras las nuevas certezas se asentaban, el diseño se había ido posicionado como una respuesta ideal y oportuna al contexto de incertidumbre. Las metodologías de diseño, desmaterializadas en forma de pensamiento de diseño, proponen una concepción de éste como proceso. El design thinking que nace en los entornos de innovación tecnológica de Silicon Valley se conduce con éxito en la incertidumbre y por ello se ha abierto un importante hueco en las empresas, otorgando al diseñador un nuevo estatus como intérprete del contexto y taumaturgo del éxito.

En una segunda lectura vemos que el diseño ha servido, sobre todo, de coartada. Por un lado, el diseño ha permitido introducir a las personas como variable objetiva en los procesos de innovación corporativa, creando la ilusión de empatía. Por el otro, ha contribuido a validar la incertidumbre como posibilidad real de la existencia.

Pero esta gran expansión gaseosa y triunfal del diseño en la niebla de lo incierto nos da también la oportunidad de repensar su naturaleza y su papel en la configuración de nuevas y mejores posibilidades de futuros. Durante estos años el diseño ha empezado a entender su poder, quizás es hora de dotarlo de sentido y comenzar a ponerlo en práctica.

En la era de las certezas el diseño es una relevante herramienta catalizadora de cambio; busquemos la manera de arrancarlo del regazo de la ambigua incertidumbre posmoderna que lo inutiliza y devolverle su capacidad de respuesta ante lo que es cierto.Para explorar este propósito transformador del diseño, empecemos por una pregunta importante que curiosamente solemos evitar: ¿Por qué diseñamos?

Serena, ¿Por qué el Diseño es tan importante?, pregunté.Porque todo está roto, me contestó.

En su forma más esencial, el diseño es una manera de enfrentarse a una realidad que se nos presenta siempre en forma de conflicto, un mundo que está roto, un mundo hostil y ajeno a nosotros. La respuesta a un mítico extrañamiento ante lo externo que se pronuncia aún más en la modernidad, manifestándose en esa separación entre el ser y el pensar, entre la realidad material y una realidad humana cada vez más desmaterializada. Un conflicto que nos vemos forzados a resolver constantemente en una desesperada búsqueda de la armonía perdida tras nuestra colectiva expulsión del paraíso.

El diseño es inseparable de la condición humana. Somos humanos, de hecho, porque diseñamos. Porque ser humano es estar condenado a reparar esa gran grieta entre nosotros y el mundo, a curar esa herida que define nuestra idiosincrasia maldita. Ser humano es estar condenado a diseñar. O también es posible que estemos condenados precisamente porque diseñamos.

El impulso creativo sería la reacción del cuerpo cuando quiere resolver ese perpetuo estado de inquietud frente a lo roto, frente a lo otro. La creatividad no buscaría construir, sino recomponer ese equilibrio que intuimos que ha existido en el pasado o creemos que debe existir en el futuro. El diseño, como acción derivada de este impulso creativo, nace también como respuesta innata a este estado de perpetua incomodidad.

Mientras el tema del arte es la propia herida, el arte intenta entender y ocupar el espacio dejado por la separación, la intención que subyace en el acto del diseño es la curación, creando puentes por compasión, como suturas, entre nosotros y el otro siempre extraño. El espacio del diseño es aquel donde el impulso creativo y la empatía se unen. Una respuesta al perpetuo desasosiego original desde la perspectiva siempre incompleta del otro.

El diseño es un adjetivo

“[Jlébnikov] no se detuvo en la superficie referencial de la palabra, sino que quiso capturar del lenguaje aquello que lo hace capaz de producir, su potencia química que cambia el mundo.”

-Franco Berardi

Este propósito rehabilitador del diseño se materializa como adjetivo, como una manera de hacer compasivamente humana nuestra relación con la fría, hostil y antipática indiferencia del mundo. Según lo artificial se expande y ocupa todas las dimensiones de lo real, el diseño se sitúa entre nosotros, y esa realidad construida, media entre las personas y lo artificial, entre nosotros y los objetos, las tecnologías, las organizaciones, las culturas o las ideas.

Todo diseño es un acto de negociación que quiere reconstruir nuestra relación con mundo en base a principios de ergonomía, un intento de adecuar la realidad a aquello que es propiamente humano. No habría objeto de diseño per se, sino que el diseño se aparece como una capacidad transformadora de la naturaleza del sujeto. El diseño presupone un sujeto previo a él y actúa sobre sus cualidades, haciéndolo más bello, más útil o más comprensible, más atractivo o eficiente, lo transforma en sostenible o habitable, lo hace más relevante, placentero o responsable, lo convierte en más accesible o en más significante.

Y quizás por ello la función más trascendente que ahora podemos otorgar al diseño como interfaz relacional y adjetivador del mundo es la de convertirse en mediador entre nosotros y ese futuro que se nos aparece ya como un extraño frío, hostil y antipático. Un futuro que ha de diseñarse dotándolo no de cosas, sino de adjetivos cuidadosamente cultivados.

Diseño crítico

Luis XVI de Francia recorrió el Palacio de Versalles de arriba abajo y halló que no había nada que cambiar en Francia.

-Comentario del usuario Richard Kerr en Quartz

Al ser el diseño un instrumento de definición de los adjetivos que configuran lo posible a través de la imaginación con el propósito de rehabilitar el lugar de lo humano en el mundo, tenemos que ser conscientes de cuál es ese lugar y de cuál es la herida. Por ello, el prerrequisito del diseño ha de ser la crítica, la necesidad de rasgar el velo impuesto de lo incierto. Si el espacio del diseño en esta era triunfante estaba acotado por lo viable financieramente, lo factible tecnológicamente y lo deseable individualmente, ahora hemos de empezar a diseñar desde lo que es invisible ideológicamente.

El proceso de diseño ha de entender cómo ese marco invisible afecta y define el campo de acción de lo diseñable y en consecuencia de lo posible.

El diseño parte de una postura de sumisión como herramienta táctica al servicio de los dictados del mercado, situándose humildemente al final de la cadena de valor. En las últimas décadas el diseño escaló posiciones por la escalera jerárquica del sistema, elevándose a través de sus estructuras hasta convertirse en un componente estratégico de los nuevos modos de producción y clave de sus éxitos.

Más allá de lo estratégico, la perspectiva crítica puede empujar al Diseño por un camino de emancipación y transformación. Las respuestas a un problema están implícitas en el marco establecido por la pregunta. Por eso, para que este recorrido emancipador sea posible, el diseño ha de convertirse en un incómodo generador de nuevas perspectivas y nuevas preguntas.

Pongamos también estas preguntas al servicio no ya de las industrias, sino de la sociedad, y orientemos la empatía no tanto hacia los usuarios o los consumidores, sino hacia las personas en toda sus dimensiones y complejidades, como ciudadanos vulnerables e interdependientes dentro del sistema social; sistema que forma parte, a su vez, del delicado equilibrio planetario al que pertenecen otras especies tan dignas como la nuestra.

La tercera cultura

“Ningún problema puede ser resuelto por el mismo nivel de conciencia que lo creó.”

-Albert Einstein

Quizás la clave del poder del diseño emancipado en esta era de certezas está en su transversalidad, en su capacidad de lanzar puentes entre los extremos de la dualidad que enfrenta a las grandes áreas de conocimiento, ocupando un espacio difuso, conductivo y permeable entre las ciencias y las humanidades.

Terry Irwin define el diseño como la tercera cultura, ocupando ese vacío intermedio que, más allá de lo racionalmente cuantitativo de la ciencia y lo sensiblemente cualitativo de las humanidades, es capaz de sintetizar lo mejor de la intención humana en base a lo que consideramos apropiado.

El diseño une el arte y las ciencias como el deseo enlaza el amor y el sexo, ofreciéndonos una visión elevada de la totalidad capaz de trascender el entendimiento parcial que aportan los especialistas de ambas partes. El diseño conecta significados y funciones a través de ideas bidireccionales que permiten manipular conceptos como objetos y, como reclama Lego, nos enseña también a pensar con las manos.

La importancia de esta labor de puente se hace más crítica cuando la tecnología parece haber ocupado ya todo el espacio de lo imaginable; cuanto más tecnologizado está el mundo, más importante es utilizar el diseño como fuente de equilibrio, apoyándonos más en el arte y las humanidades para compensar el frío secuestro del futuro por parte de esta historia única e incierta que promueven los axiomas dominantes del tecnocapitalismo.

Sobre todo, esta capacidad única del diseño como sintetizador de la totalidad debería permitirnos disponer de una visión externa al imaginario impuesto por el contexto ideológico, económico o cultural, construir preguntas inesperadas y responder al margen de lo que damos inconscientemente por supuesto.

Sensibilidad estratégica

“A través de las experiencias que nos proporcionan las humanidades, aprendemos a imaginar otros mundos. Pero las humanidades nos dan mucho más que eso. Porque cuando podemos imaginar otros mundos — utilizando el conocimiento cultural y explicaciones de nuestra experiencia humana — inevitablemente desarrollamos una perspectiva más perspicaz de nuestro mundo.”

-Christian Madsbjerg

En la incertidumbre, los retos se aparecen de modo fragmentario y simple, construidos sobre la estructura lineal y reduccionista del mundo industrial. Pero si hay algo que define las certezas es su irreductible complejidad. El diseño, entendido como esa tercera fuerza que enlaza ciencias con humanidades, nos permite aproximarnos a estos retos de forma sistémica y conectar componentes técnicos y humanos, contextos económicos, sociales y culturales en síntesis accionables sin tener que renunciar a su complejidad y, en consecuencia, sin tener que cambiar la naturaleza del sujeto para poder ofrecerle soluciones.

Según el mundo se deja arrastrar por la visión tecnocéntrica, debemos apostar por dar forma a estas capacidades emancipadas del diseño, como puente creador de nuevas posibilidades, buscando inspiración en el arte. Dibujar metodologías adaptadas al contexto de complejidad que descarten los procesos analíticos como modo principal de conocimiento y busquen la inmersión sensible como método de aprehensión creativa de lo real. Adoptar procesos que identifiquen las historias contenidas en este caos abierto del mundo, en el texto que conecta ideas todavía no verbalizadas, en forma de narrativas que se regodean en las capas y los matices, en los ambientes, en las tramas y los actores, para buscar y hallar entre las palabras los sentidos ocultos tras las cosas. Y que sinteticen, sin reducir, estos sentidos como manifiesto y declaración de intenciones, de propósito y principios que han de dictar la acción de diseño, la acción de futuro.

Sensibilidad, sentido y síntesis como metodología de abrazo estratégico al mundo, que mimetiza la manera humana de relacionarse con su entorno, replicando la irreductible complejidad del mundo en la irreductible complejidad de nuestra mente.

El diseño y lo posible

“La innovación emerge de la interacción entre lo real y lo posible.”

-Vittorio Loreto

Si la innovación surge de la interacción entre lo real y lo posible, el diseño se define en la interacción entre lo posible y lo deseable. Lo posible es una propiedad emergente de las interacciones que suceden entre los componentes del sistema que da forma al presente, lo que nos lleva a pensar que las posibilidades de futuro, que toda innovación, parecen estar contenidas de una manera casi determinista en las condiciones actuales del sistema.

El ideal de la innovación contemporánea, que se manifiesta en la máxima interna de Facebook «Move fast and break things», parte de un principio único, todo aquello que es posible ha de llegar a ser, por encima de cualquier otra consideración. La innovación es el vehículo del único destino de lo posible, su materialización más allá de las consecuencias, sin otro criterio que el valor de su propia existencia.

Ante esta dinámica entre lo que es y la fuerza irremediable de un progreso sin conciencia, el diseño puede actuar de dos formas.

La primera es seleccionando de entre todo lo que es posible aquello que nos resulte deseable. El diseño sería sobre todo un filtro, una herramienta de curación que desde determinados criterios nos permite elegir aquello que se adecúe de forma conveniente a las necesidades y deseos humanos. El valor del Diseño estaría en su capacidad de influir en la elección de posibilidades en base a ciertos criterios. Rob Girling, diseñador y fundador de la agencia norteamericana Artefact, propone que para identificar aquello que es digno de ser hemos de centrarnos en lo que él denomina las «consecuencias preferibles», elegir de entre todo lo posible solo aquello que promueve la autoconfianza, el aprendizaje a lo largo de toda la vida, lo que tenga durabilidad, lo que nos haga felices, lo que fomenta el compromiso ciudadano, lo que aumenta la sabiduría, lo que nos hace libres, lo que nos incluye, lo que promueve la dignidad, lo que nos da autonomía, lo que está abierto a todos, lo que genera salud y bienestar.

Cotejar esta intención con la realidad de la innovación tecnológica de la que somos testigos es de por sí un ejercicio desconsoladamente iluminador. Si el rol del diseñador consistiera simplemente en asegurar que estas consecuencias preferibles estén presentes en los procesos de innovación, si el diseño, como un atractivo caballo de Troya, logra introducir la carga empática y significante de las consecuencias en el corazón del sistema, se convertiría en una disciplina aún más relevante y radicalmente transformadora.

La otra manera en la que el diseño puede actuar ante esta dinámica de interacción entre lo que es y lo que es posible es afectando el presente para ampliar y variar en consecuencia el rango de lo que puede llegar a ser . El objetivo sería ir por delante de los procesos convencionales de innovación creando alternativas deseables y alterando así la estrecha visión que las dinámicas tecnológicas y corporativas ofrecen a la creación de futuros y que parece arrastrar siempre hacia la distopia. La diseñadora Stef Silva lo expresa de este modo: «Los diseñadores tenemos la capacidad de evocar imágenes visuales y mentales y por ello disponemos de herramientas para ampliar el imaginario colectivo y en consecuencia extender el rango de lo posible».

La imaginación es la estrategia fundamental para el hackeo del futuro. Tanto si es seleccionando de entre lo que puede ser o imaginando alternativas a lo que es, el diseño es un acto de naturaleza intrínsecamente política. Diseñar es decidir sobre las cualidades que definen la realidad construida, crear el marco de lo deseable y elegir un futuro de entre todos los posibles. Tenemos que ser conscientes de que el diseño no es inocente, es una decisión sobre lo que es imaginable y, en consecuencia, sobre la forma que tendrá el futuro. En el mejor de los casos, diseñar es una poderosa forma de activismo; en el peor, una irresponsabilidad.

Ante la aparente imposibilidad de resolver los grandes problemas, las grandes certezas, demasiado grandes, demasiado complejas, me pregunto: ¿podemos imaginar un proceso de diseño que no se enfoque en diseñar cosas, sino en establecer una serie de reglas que transformen la relación entre nosotros y el mundo con la intención de activar comportamientos emergentes que generen un impacto positivo en estos sistemas?

Diseñar relaciones en lugar de objetos. Diseñar desde principios de interdependencia. Diseñar imaginando impactos y consecuencias en lugar de resultados. Diseñar dejando que las soluciones emerjan por sí mismas. Diseñar con efecto en lo próximo e inmediato. Diseñar para propagar cambios. Diseñar desde el respeto a la naturaleza de las cosas y los contextos. Diseñar movimientos. Y por encima de todo, diseñar cambiando la regla del interés propio que define nuestra realidad por la regla innata de la generosidad.

Deseos y revoluciones

“El papel del arte es el de hacer la revolución irresistible.”

-Toni Cade Bambara

En la era de las certezas el diseño ha de ser la actividad que haga que lo impensable sea imaginable para hacerlo así posible, asegurando que surja de lo posible tan solo aquello que sea deseable. Un inestable proceso alquímico en el territorio liminal del deseo.

La calidad del diseño depende, sobre todo, de aquello que podamos y queramos desear; la calidad del diseño es la calidad de nuestros deseos.El proceso de diseño empieza por nosotros, no debe haber diseño sin entender que nosotros debemos también ser diseñados.

Emanciparnos como diseñadores para afrontar las nuevas certezas que demandan un diseño emancipador, capaz de pisar en lo sólido del mundo para responder dotando de esperanza, de sentido, de amabilidad y disfrute al presente. Un diseño capaz de incluirnos no como individuos, sino como parte vulnerable e interdependiente de la ciudadanía, de la sociedad y del planeta. Capaz de trascender lo transaccional y utilitario y que cree puentes y relaciones profundamente transformadoras con las cosas, con el mundo y con los otros, de alterar críticamente el marco del presente, desvelando los marcos invisibles del poder que coarta el rango de lo posible. Capaz de rescatar la imaginación de su secuestro y devolvérsela a la sociedad, a la que pertenece, de encontrar los adjetivos adecuados que posibiliten la construcción de realidades deseables, de crear desde la sensibilidad del algoritmo humano, desde el dato ambiguo y desde la inteligencia natural. Capaz de reconstruir nuestra relación rota con el mundo, guiándonos ante entre la ceguera del progreso. Capaz de cerrar la herida, de rebelarse a partir del manifiesto radical de un compromiso, el de intentar hacer todos los días un mañana que sea más amable, un mañana que valga la pena amar.

Un diseño centrado en la dignidad cuyo papel más importante en esta era de certezas es hacer que la inevitable revolución sea irresistible.

This structure fell about our feet

And we were free to go

Artículo publicado originalmente en la revista Matador, Diciembre 2019